Próximo a ingresar al recinto de la Cámara de Diputados para su votación, y tras 7 intensas semanas de tratamiento en el plenario de las comisiones de Legislación General; Legislación Penal; Familia, Mujer, Niñez y Adolescencia; y Acción Social y Salud Pública; el debate sobre la interrupción voluntaria del embarazo se encamina hacia su instancia final, habiendo participado ya poco más de 400 expositores que alimentaron los argumentos desde posiciones técnicas, profesionales y la experiencia cotidiana en la materia.

Sumado a ello, un extenso recorrido de marchas a favor de la despenalización y otras tantas más en su contra, el proyecto de derogación de la persecución penal del aborto ha permitido revitalizar al órgano legislativo como espacio de debate y reflexión.

Transitando desde una pretensión de jerarquizar la libre elección y disposición de la mujer sobre su cuerpo en relación a un niño por nacer, hasta su reposicionamiento como una cuestión de salud pública; los proyectos de interrupción voluntaria del embarazo parecen unificar los frentes opuestos: la vida es algo que preocupa a todos, y tanto la de un niño por nacer como la de aquellas mujeres que la pierden entre prácticas clandestinas sobre su cuerpo.

Sin embargo, mientras la interrupción voluntaria de un embarazo busca darle futuridad y salvaguarda a una sola; quienes nos hemos manifestado en contra de los proyectos de despenalización del aborto, buscamos el amparo y la protección de ambas vidas.

De argumentos y contra argumentos

El derecho es una construcción perfectible, cambiante, y que reclama de quienes legislamos un mayor esfuerzo de reflexión, buscando hacer eco de problemáticas muchas veces invisibilizadas. Así, en los últimos años hemos asistido a un profundo proceso de revisión de nuestro ordenamiento jurídico, trabajando sobre el reconocimiento de nuevos derechos, y la ampliación y el aseguramiento de otros ya reconocidos, pero débiles en su vigencia. En este escenario, sin embargo, los proyectos que buscan despenalizar el aborto se presentan regresivos y atentatorios contra un bien superior: la vida del niño por nacer.

Hoy el debate excede a posibles desacuerdos sobre el momento en que la vida comienza; y en su reemplazo, los proyectos de interrupción voluntaria del embarazo presentan diversas alternativas sobre la mejor forma que consideran para de eliminar una vida ya formada -cuanto menos con 12 semanas-.

En tal sentido, mi rechazo a la despenalización del aborto no busca impedir la ampliación de excepciones que lo habilite ante formas de violencia y afectación de la voluntad y decisión sexual de la mujer; sino que rechazo la cara oculta de un proyecto que esconde tras de sí una liberalización indiscriminada para la interrupción de la vida, no importando su causa, sino que el “embarazo sea no deseado”.

Desde esa perspectiva, mi negativa excede también el simple formalismo normativo y se vincula con la grosera contradicción por la que atraviesan todos los proyectos de despenalización: la incorrecta creencia de que el aborto pueda ser una solución.

En ese sentido lo que me resulta más preocupante es que los proyectos de ley no manifiesten una coherencia ni una solución satisfactoria en relación a sus fundamentos, en tanto no incorporan una mirada integral de las problemáticas que llevan a esos embarazos no deseados; y sólo se dirigen hacia el resultado final de una cadena de circunstancias mucho más complejas que deja desatendidas a la violencia, la pobreza, la educación, la desigualdad endémica en el interior del país, etc.

En términos de sus propios argumentos, el aborto es el resultado de embarazos “no deseados” producidos en contextos de pobreza, marginalidad, violencia, deficiencias en la educación; pero no vemos dentro de los proyectos de despenalización medidas que busquen revertir estas condiciones.

Así, lamentablemente, la idea de despenalizar el aborto sólo habilitaría a interrumpir un resultado “no deseado”, pero al no solucionar ni atender a las problemáticas previas que llevan a eso, no hay manera alguna de garantizar ni que los abortos vayan a disminuir ni que el contexto real que provocó ese embarazo no vaya nuevamente a producir otro, alimentando una inagotable cadena.

Finalmente, merece destacarse de las muchas intervenciones que los diferentes expositores realizaron durante los debates plenarios de las comisiones ante la Cámara de Diputados, la ausencia de una preocupación por parte de sus defensores sobre los efectos futuros que podría traer la despenalización del aborto. Ello, tanto en las mujeres que lo practican como en el seno familiar en que se produce, generando en consecuencia no sólo una incorrecta concepción de sinonimia entre aborto y solución/respuesta; sino también en referencia a problemas de salud, emocionales y psicológicos que la práctica abortiva provoca; y que hoy ya han sido identificadas en muchos de los países que han legalizado el aborto como síndrome postaborto.